Imaginemos una mueblería que vende a medida y también productos de línea. Tres vendedores. El WhatsApp explota todos los días. Desde afuera, un negocio que anda bien.
Hay una sola pregunta que cambia la conversación: de todas las personas que preguntan por un mueble y no compran en el momento, ¿cuántas reciben un segundo mensaje?
Casi ninguna. No por desinterés — porque nadie tiene el sistema para hacerlo.
Ahora hagamos números. Supongamos ocho consultas por semana que se enfrían sin seguimiento. Que de cada diez personas que sí reciben seguimiento, dos compran. Y que una venta promedio ronda los dos millones y medio de guaraníes.
Esa cuenta da más de quince millones de guaraníes por mes. Todos los meses. Sin que aparezca en ninguna factura, sin que nadie lo note, sin que haga falta gastar un guaraní más en publicidad para recuperarlo.
No le faltaban clientes. Los clientes ya le habían escrito.